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EL RETABLO DE MAESE PEDRO.

Ópera en un acto con letra y música de Don Manuel de Falla.

 

Basada en los capítulos XXV y XXVI de la segunda parte de “El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha” de Miguel de Cervantes.


Estrenado en el Teatro San Fernando de Sevilla el 23 de marzo de 1.923, en versión de concierto.


La versión representada fue estrenada en el palacio de la princesa de Polignac, en París, el 25 de junio de 1.923.

 

 

PERSONAJES

 

Don Quijote Maese

Pedro Trujamán 1

bajo o barítono tenor
soprano o niño

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INTRODUCCIÓN.

La acción se desarrolla en la caballeriza de una venta en la Mancha de Aragón. Al levantarse el telón aparece el retablo, lleno por todas partes de candelillas de cera encendidas.


La escena está dividida en dos secciones que corresponden al proscenio3 y al retablo.

 

En la primera sección aparecen y accionan los muñecos representativos de las personas que se hallan en la venta. De estas figuras la que representa a Don Quijote ha de ser, por lo menos, de doble tamaño que las restantes. ( Los muñecos representativos de personajes reales pueden sustituirse por actores, pero usando carátulas que caractericen dichos personajes. )

 

La segunda sección de la escena, o sea el fondo, ocupado por el retablo, debe dar la impresión de algo independiente en absoluto de la primera. Es el verdadero teatro, y ha de estar colocado a una sensible altura del plano que ocupa el proscenio. Supónese que está sobre unas como andas cubiertas por cortinas, tras las que Maese Pedro manipula los muñecos.

 

Aparece Maese Pedro, que hace cesar la música agitando fuertemente una campanilla. (Maese Pedro, en esta su primera aparición, lleva sobre el hombro izquierdo un mono grande y sin cola, con las posaderas de fieltro.)

 

Maese Pedro:

¡ Vengan, vengan a ver vuesas mercedes el Retablo de la libertad de Melisendra, que es una de las cosas más de ver que hay en el mundo!.

 

Poco a poco van entrando en escena todos cuantos se supone que están en la venta, siendo los últimos Don Quijote y Sancho. Los personajes se detienen ante la embocadura4 del retablo, examinándolo con gran curiosidad y haciendo mudos, pero expresivos comentarios. Cuando aparece Don Quijote, Maese Pedro le saluda con ceremoniosas reverencias, ofreciéndole sitio preferente a uno de los lados del retablo. Luego, lentamente, los personajes van a ocupar sus sitios respectivos para presenciar el espectáculo, asomando la cabeza como si se hallasen de pie, hasta que Maese Pedro

los invita a sentarse, en cuyo momento desaparecen, quedando sólo visibles las piernas de Don Quijote. Éstas, muy largas y de cómico aspecto, permanecen durante la representación ya en postura reposada, ya puestas una sobre otra. De vez en cuando, y especialmente en las interrupciones de Don Quijote, deben aparecer en el proscenio las cabezas de los espectadores, todas o sólo algunas, según lo exija el momento escénico; pero durante la mayor parte de la representación en el retablo, han de quedar ocultas a la vista del público.

 

 

Maese Pedro:

Siéntense todos. ¡Atención, señores, que comienzo!.

(Después de descargarse con gesto rápido del mono, se mete bajo las andas del retablo.)

El Trujamán (voceando.)
Esta verdadera historia que aquí a vuesas mercedes se representa, es sacada de las crónicas francesas y de los romances españoles que andan en boca de las gentes. Trata de la libertad que dio el señor don Gayferos5 a su espesa Melisendra, que estaba cautiva en España en poder de moros, en la ciudad de Sansueña. Verán vuesas mercedes cómo está jugando a las tablas don Gayferos, según aquello que se canta: “ Jugando está a las tablas don Gayferos, que ya de Melisendra se ha olvidado”.

(Sale el Trujamán, descorriéndose al mismo tiempo la cortina de la embocadura del retablo.)

 

CUADRO PRIMERO. La Corte de Carlo Magno.

Sale el palacio imperial. Don Gayferos está jugando a las tablas con Don Roldán. Reaparece el Trujamán. (No se cierran las cortinas del retablo, pero las figuras quedan inmóviles.)

 

El Trujamán

(Gritando.)

Ahora verán vuesas mercedes cómo el Emperador Carlo Magno, padre putativo6 de la tal Melisendra, mohíno de ver el ocio y descuido de su yerno, le sale a reñir, y después de advertir del peligro que corría su honra en no procurar la libertad de su esposa, dicen que le dijo: “¡Harto os he dicho, miradlo!” volviendo las espaldas y dejando despechado a don Gayferos, el cual impaciente de la cólera, pide apriesa las armas, y a don Roldán su espada Durindana. Adviertan luego vuesas mercedes cómo don Roldán no se la quiere prestar, ofreciéndole su compañía en la difícil empresa; pero el valeroso enojado no la quiere aceptar, antes dice que él es bastante para sacar a su esposa, si bien estuviese metida en el más hondo centro de la tierra. Y con esto se entra a armar para ponerse luego en camino.

 

Se reanuda la representación ocultándose el Trujamán. (Esto hará cada vez que cesa su intervención, de no indicarse expresamente lo contrario.)
Entran los Heraldos del Emperador.

 

Pavoneándose mucho aparece Carlo Magno, seguido de caballeros y guardias de su corte. ( Los pasos del emperador y de su séquito deben coincidir, respectivamente, con la primera y segunda parte de cada compás.)


Don Gayferos y Don Roldán cesan de jugar a la entrada de Carlo Magno, levantándose de sus asientos y quedando inmóviles y en actitud respetuosa mientras el Emperador y su corte realizan un paseo circular por la sala.

 

A una señal de Carlo Magno, Don Gayferos y don Roldán se le acercan. Entre los personajes cámbianse graves y pomposos saludos, que coinciden con los dos últimos acordes. Carlo Magno se encara con Don Gayferos, desarrollándose la escena explicada por el Trujamán. Crece por momentos el enojo del Emperador al reconvenir a su yerno. Golpea con el cetro la cabeza se Don Gayferos.

Carlo Magno, volviendo airadamente las espaldas, recobra su porte mayestático y se aleja, precedido por los heraldos y seguido de su corte, en la misma forma en que entró en escena.
Solos de nuevo Don Roldán y Don Gayferos, éste, despechado y colérico, arroja de sí el tablero y las tablas, pidiendo a voces las armas, y Don Roldán su espada Durindana. Rechazada la por Don Roldán, síguese una acalorada disputa entre ambos, según dejó explicado el Trujamán.

Vase furioso don Gayferos, y la cortina del retablo se cierra.

 

El Trujamán:

Ahora veréis la torre del Alcázar de Zaragoza, y la dama que en un balcón parece es la sin par Melisendra, que desde allí, muchas veces, se ponía a mirar el camino de Francia, y puesta la imaginación en París y en su esposo, se consolaba su cautiverio. Verán también vuesas mercedes cómo un moro se llega por las espaldas de Melisendra y le da un beso en mitad de los labios, y priesa que ella se da en limpiárselos y cómo se lamenta, mientras el Rey Marsilio de Sansueña, que ha visto la insolencia del moro, su pariente y gran privado, le manda luego prender.

 

CUADRO SEGUNDO. Melisendra.

Torre del Homenaje del Alcázar de Sansueña. Como fondo, grandes lejanías.
Ábrese la cortina y se ve a Melisendra asomada a un balcón de la torre y en actitud contemplativa, con la mirada fija en la lejanía.


Poco después, el Rey Marsilio aparece paseando lentamente por la galería exterior del castillo. ( Las apariciones del Rey deberán ser breves pero frecuentes.)
De vez en cuando, y sin ser visto del Rey ni de Melisendra, aparece el Moro enamorado, cautelosamente, y a espaldas de aquélla.


Última aparición del moro, que paso a paso y puesto el dedo en la boca, se acerca a Melisendra.


El beso. Grito de sorpresa y gestos de indignación de Melisendra, que se limpia los labios con la manga de su camisa. Melisendra pide socorro a grandes voces mientras se mesa sus largos cabellos.


El rey Marsilio manda prender y castigar al Moro, que al huir ha sido alcanzado por los soldados de la guardia real.


Llévanse al culpable.


Ciérrase la cortina del retablo.

 

El Trujamán:

Miren luego vuesas mercedes cómo llevan al moro a la plaza de la ciudad, con chilladores delante y envaramiento detrás7, y cómo luego le dan doscientos azotes según sentencia del rey Marsilio, ejecutada apenas había sido puesta en ejecución la culpa, porque entre moros no hay traslado a la parte, ni prueba y estése, como entre nosotros.

 

( Don Quijote, cuyas piernas han traducido por movimientos nerviosos su protesta contra las últimas palabras del Trujamán, se asoma al proscenio, encarándose con el muchacho.)

 

Don Quijote

(Con voz reposada pero enérgica.)

 

Niño, niño, seguid vuestra historia línea recta, y no os metáis en las curvas y transversales, que para sacar una verdad en limpio menester son muchas pruebas y repruebas.

 

Maese Pedro

(Sacando la cabeza por las cortinas.)

Muchacho, no te metas en dibujos, sino haz lo que ese señor te manda: sigue tu canto llano y no te metas en contrapuntos, que se suele quebrar de sotiles9.

 

El Trujamán:

Yo así lo haré.

Don Quijote:

¡Adelante!

(Ocúltase Maese Pedro bajo el retablo, y Don Quijote vuelve a sentarse.)

 

CUADRO TERCERO. El suplicio del moro.

 

Descúbrese el retablo. Plaza pública en la ciudad de Sansueña. La escena llena de morisma. Llega el Moro culpable conducido por la Guardia del Rey y precedido por voceadores que leen al pueblo la sentencia condenatoria. Síguenle dos verdugos de feroz aspecto, provistos de largas varas.

 

El jefe de la Guardia ordena que comience el suplicio, y el Moro es puesto por los dos verdugos, en el centro de la plaza.


Los verdugos azotan al culpable con golpes alternados que coinciden con los acentos rítmicos de la música. ( Un golpe por cada tiempo del compás.)

Se interrumpe el suplicio. Gran movimiento en la muchedumbre.
Se reanuda el castigo.


Cae el Moro. Los soldados se lo llevan a rastras, seguidos por los verdugos y la morisma.


Ciérrase la cortina.

 

 

El Trujamán:

Miren ahora a Don Gayferos, que aquí parece a caballo, camino de la ciudad de Sansueña.

 

CUADRO CUARTO. Los Pirineos.

 

Descúbrese la escena. Don Gayferos, al trote de su caballo y cubierto con una capa gascona10, aparece diferentes veces desde la falda hasta la cumbre de una montaña, como siguiendo un camino espiral. Éste lleva en la mano un cuerno de caza, que tañe en los momentos exigidos por la música.

 

Córrese la cortina del retablo.

 

El Trujamán:

ahora veréis a la hermosa Melisendra, que ya vengada del atrevimiento del enamorado moro, se ha puesto a los miradores de la torre y habla con su esposo creyendo que es algún pasajero, según aquello del Romance que dice: “Caballero si a Francia ides, por Gayferos preguntade”. Veréis también como Don Gayferos se descubre y qué alegres ademanes hace Melisendra al reconocerle, descolgándose luego del balcón, y cómo Don Gayferos ase della, y poniéndola sobre las ancas de su caballo, toma de París la vía

 

 

CUADRO QUINTO. La fuga.

Descórrese la cortina. La misma decoración del Cuadro segundo.


Melisendra ocupa su puesto en el mirador de la torre.


Por el camino que se extiende en el plano superior de la escena aparece Don Gayferos a caballo, cubierto el rostro con su capa. El caballo lleva un paso tranquilo. Melisendra hace señas al caballero para que se acerque.
Llega Don Gayferos al pie de la torre por el camino que ocupa el primer término de la escena. (diálogo de Melisendra y Don Gayferos, según la explicación del Trujamán.) Don Gayferos se descubre. Alegría de Melisendra, que se descuelga del balcón por el lado de la torre opuesta al público. Don Gayferos, que acude a recogerla, reaparece con ella montada en las ancas de su caballo.
Ambos desaparecen al trote cruzando los dos caminos ya indicados, y ciérrase la cortina.

 

El Trujamán:

(Que desde este momento no abandona más la escena.)

¡Vais en paz, oh par sin par de verdaderos amantes; lleguéis a salvamento a vuestra patria; los ojos de vuestros amigos y parientes os vean gozar en paz tranquila los días (que los de Néstor sean) que os quedan de la vida!.

 

Maese Pedro:

(Asomando la cabeza por debajo del retablo)

¡Llaneza, muchacho, no te encumbres, que toda afectación es mala!.

Descórrese por última vez la cortina del retablo y vuelve a aparecer la plaza pública de Sansueña.

 

Vese al Rey Marsilio corriendo presuroso en busca de sus guardias. Éstos acuden al llamamiento del Rey, reciben sus órdenes y parten precipitadamente.

 

CUADRO SEXTO. La persecución

 

El Trujamán:

(Al explicar la acción, va señalando con su varilla los Muñecos que la representan.)

 

Miren vuesas mercedes, cómo el Rey Marsilio, enterado de la fuga de Melisendra, manda tocar el arma,...

 

(Durante el toque de alarma cruzan presurosamente por la plaza pequeños grupos aislados, y el Rey, reapareciendo, sigue dando órdenes con gran premura.)

 

... y con qué priesa, que la ciudad se hunde con el son de las campanas, ...

(Don Quijote da crecientes muestra de impaciencia, asomando la cabeza y pugnando por hablar.)

... que en todas las torres de las mezquitas suenan.

 

Don Quijote:

 

(Saltando de su sitio con visible indignación. Quedan inmóviles las figuras del retablo.)

¡Eso no, que es un gran disparate, porque entre moros no se usan campanas, sino atabales y dulzainas!.

 

Maese Pedro:

(Sacando de nuevo la cabeza.)

 

No mire vuesa merced en niñerías, señor Don Quijote. ¿ No se representan casi de ordinario mil comedias llenas de mil disparates,...

 

(Don quijote, cuya indignación se ha ido calmando, asiente gravemente con signos de cabeza a las palabras de Maese Pedro.)

 

... y con todo eso sigue felicísima su carrera, y hasta se escucha con admiración?.

 

Don Quijote:

¡Así es la verdad!

 

Maese Pedro:

Prosigue, muchacho.

(Ocúltase.)

 

El Trujamán:

Miren cuánta y cuán lucida caballería sale de la ciudad en seguimiento de los dos católicos amantes.

(Desfila la gente que indica el Trujamán.)

 

¡Cuántas dulzainas que tocan, cuántas trompetas que suenan, cuántos atabales y atambores que retumban!. ¡Témome que los han de alcanzar y los han de volver atados a la cola de su mismo caballo!.

(El desfile de los muñecos es cada vez más rápido.)

 

Don Quijote:

(Poniéndose de un brinco junto al retablo y desenvainando la espada.)

¡Detenéos, mal nacida canalla, ...

( Los espectadores de la venta van apareciendo en el proscenio.)

... no le sigáis ni persigáis, si no, conmigo sois en batalla!.

 

FINAL

( Don Quijote, con acalorad y nunca vista furia, comienza a llover cuchilladas, estocadas, reveses y mandobles sobre la titerera morisma derribando y descabezando a unos, estropeando y destrozando a otros, y dando entre muchos, un altibajo tal, que pone en peligro la cabeza de Maese Pedro, ya fuera de su escondite, quien se abaja, se encoge y agazapa para evitar los golpes. Sancho Panza hace gestos de grandísimo pavor, -gestos que se repiten durante esta última escena- y el resto de los espectadores de la venta va siguiendo con vivos y expresivos comentarios las peripecias de la acción.)

 

Don Quijote:

¡Non fuyades, cobardes, malandrines y viles criaturas, que solo caballero es el que os acomete!

Maese Pedro:

¡Deténgase, deténgase vuesa merced, mi señor Don Quijote; mire que me destruye toda mi hacienda!

Don Quijote:

¡Oh bellaco villano, mal mirado, atrevido y deslenguado!

Maese Pedro:

(Gritando.)

¡Desgraciado de mí!

Don Quijote:

(Gritando a lo lejos)

¡Y vosotros, valeroso Don Gayferos, fermosa y alta señora Melisendra, ya la soberbia de vuestros perseguidores yace por el suelo, derribada por éste mi fuerte brazo; y porque no penéis por saber el nombre de vuestro libertador, sabed que yo me llamo don Quijote, caballero de la sin par y hermosa Dulcinea1

 

Maese Pedro:

¡Pecador de mí!.

 

Don Quijote

(Absorto con la mirada en alto.)

¡Oh Dulcinea, señora de mi alma; día de mi noche, gloria de mis penas; ...

Maese Pedro:

(Presa de profundo abatimiento.)

¡Desventurado!

Don Quijote:

... norte de mis caminos, ...

Maese Pedro:

¡Desdichado del padre que me engendró!

Don Quijote:

... dulce prenda y estrella ...

Maese Pedro:

¡cuitado de mi!

Don Quijote:

... de mi ventura!

(Despertando bruscamente de su éxtasis y dirigiéndose a todos los presentes.)

¡Oh vosotros, valerosa compañía; caballeros y escuderos, pasajeros y viandantes, gentes de a pie y a caballo! ¡Miren si no me hallara aquí presente, qué fuera del buen don Gayferos y de la fermosa Melisendra! ¡Quisiera yo tener aquí delante aquellos que no creen de cuanto provecho sean los caballeros andantes!.

¡Dichosa edad y siglos dichosos aquellos que vieron fazañas del valiente Amadís, del esforzado Felixmarte de Hircania, del atrevido Tirante el Blanco, del invencible don Belianis de Grecia, con toda la caterva de innumerables caballeros, que con sus desafíos, amores y batallas, llenaron el libro de la Fama!

Maese Pedro:

¡Santa María!

Don Quijote:

En resolución: ¡Viva la andante caballería sobre todas las cosas que hoy viven en la tierra!

(Maese Pedro, desolado y abatido, contempla la figura de Carlo Magno que tiene en sus manos, partidas en dos la cabeza y la corona.)

 

Telón

 

FIN

 

 

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